El tango aguarda por sus elegidos

Danza en Red. Publicado el 18 de Noviembre de 2013

El tango aguarda por sus elegidos

La danza no es una casualidad, está escrita en el libro de la vida de sus intérpretes. Esta es la historia de cómo el tango esperó pacientemente para ser bailado con maestr...

La danza no es una casualidad, está escrita en el libro de la vida de sus intérpretes. Esta es la historia de cómo el tango esperó pacientemente para ser bailado con maestría y destreza.

Carlos Julio Ramírez conoció desde joven el tango que interpretaban los malevos del barrio Manrique en la capital antioqueña, pero en ese entonces no se dejó seducir por aquel ritmo que siempre lo había buscado. Esquivo a la hermosa melancolía de esta música que pareciera propia de su natal Medellín, él solo tenía oídos y cadencia para la música tropical.

Como la danza siempre había estado en él, al encontrarse en Bogotá, donde la rutina de una oficina y las distancias de la fría ciudad no dejaban que su cuerpo sucumbiera al ritmo con la frecuencia que él acostumbraba, Carlos decidió llevar su gusto a un escenario distinto.

Ya no eran los sitios nocturnos de Medellín, sino espacios “robados” en su sitio de trabajo. Este bailarín formó un grupo de danza en su oficina, y fue así como pasó de la música tropical, de la que suele escucharse en las emisoras, al folclor tradicional.

Después de tres años de ensayos y muestras del fruto de esas jornadas en las clásicas fiestas de diciembre de su empresa, el tango de los billares, que no lo había convencido antes, volvió a insistirle a sus pies.

Su compañera de baile le dijo: “Carlos, aprendamos a bailar tango”. Así fue como tomaron diez clases para hacer la presentación de fin de año. El danzarín paisa se dejó tocar por el embrujo porteño; pero fue como meterse a la parte menos riesgosa de una ensenada, pues su objetivo era simplemente conocer el baile y ejecutarlo bien, solo para hacer algo distinto en la presentación de su empresa.

Mientras tanto, el tango esperaba pacientemente, aguardando por acogerlo de verdad en su seno. Finalmente, el momento decisivo entre el bailarín y el ritmo porteño se dio de una vez por todas, cuando en búsqueda de una nueva oportunidad de vida, Carlos llegó a un sitio donde los danzantes hacían de esta música su religión.

Una amiga le dijo: “Carlos, nos vamos para Italia”, y él le replicó “¿Qué hay que hacer?”, a lo que ella contestó: “Necesitamos unas fotos artísticas”.

“conseguí una camisa fluorescente y fui a un lugar tradicional donde bailaban tango en el barrio El Restrepo”. Él fue a bailar allá solo por tomarse fotos artísticas; su intención era sacar un portafolio para poder volar al viejo continente.

“Yo  no tenía idea de qué era bailar tango, ni si lo hacía bien o lo hacía mal… Mi intención no era seguir bailando sino tomarme unas fotos, simplemente necesitaba un espacio donde hubiera público”, añadió.

Un asunto en serio

Para Carlos, el viaje a Italia no se dio, pero el tango estaba latente y lo inquietaba, por lo que decidió regresar al espacio que había tomado prestado como estudio fotográfico y con valentía le dijo a Rosita Riveros, la bailarina del lugar: “Yo quiero aprender bien”.

Decidió bailar con Rosita y asistir a los entrenamientos de ella con su parejo. Poco a poco fue descubriendo las variantes del tango que más le agradaban: “El fous tenía mucho que ver con los pasos que me habían enseñado; no me centré tanto en las rancheritas sino en el valls y en la milonga”.

En medio de aquellas jornadas de aprendizaje conoció a Martha, la hermana de su maestra, quien desde hace 22 años es su actual pareja de baile. “Se encarretaron” -según lo comentó- y él mismo día que la vio, ella lo invitó a él y a sus recientes mentores a que fueran a concursar en Manizales.

Fue ahí cuando Carlos vio que el asunto del tango y el baile eran verdaderamente en serio. Esta comprensión de su nueva realidad lo llevó de la afición a la pasión.

El veneno ya estaba en su sangre, y aunque los comentarios de los expertos no le auguraban futuro en su nueva empresa, el espíritu dancístico de Carlos ya se estaba entregando al tango.

“Cuando yo bailé por primera vez con Rosita, los comentarios del dueño fueron: ‘Ese muchacho no aprende a bailar en 10 años’. Ya podrá saber cómo era que bailaba, me movía. Otros decían: ‘¿Ese títere quién es?’. Comentarios, nada buenos”.

Pero después de dos meses de entrenamiento en la cocina de la casa de Martha, lo más “particular”, como lo calificó Carlos, fue que quedaron de subcampeones en la capital caldense.

La técnica

¿Dónde quedaba la técnica después de todo?, una cualidad de la que carecía en ese momento nuestro debutante, a quien la inquietud que le causaba saber que no tenía todo lo que se esperaba de un bailarín destacado y el orgullo de su reciente triunfo lo llevaron al siguiente peldaño.

“Yo me asusté y dije: ¿Cómo así?”, fue el pensamiento del danzarín, quien solo había cambiado el estilo, porque él tenía una “técnica” formada en el camino: “Solos, con mi pareja, inventamos unos pasos, pero yo no sabía mandarlos (conducirlos) técnicamente”. Siendo novatos habían hecho una coreografía, a cuyos pasos le habían dado nombres para poder ejecutarla, esa había sido su táctica amateur.

Consciente de que no podía estar hablándole a su pareja mientras bailaban, Carlos decidió que debía aprender lo que le hacía falta; él entendía que el tango era mucho más: “Yo había visto bailarines de Medellín, muy técnicos, que saben mandar muy bien”.

Entonces se dijo: “Yo tengo que aprender eso”. Pero él, como bailarín de Bogotá y subcampeón de Colombia, ya no podía irse a una academia a que le enseñaran a bailar. “Me daba vergüenza”, explicó. Y así fue como a través de autoaprendizaje adquirieron la técnica que necesitaban, la misma que les ha permitido mantenerse a través de los años en la escena nacional.

Hoy en día, tras más de 22 de años de pasos tangueros, Carlos tiene no solo una técnica sino un estilo consolidado, que mantiene aspectos de su primer iniciador, el maestro Jaime ‘Che’ Arango -quien ejecutaba lo que él ha llamado “vals criollo”- pero incorpora elementos propios.

El otrora aprendiz es maestro de tango, y transmite sus conocimientos en la Universidad Nacional, en Bienestar Universitario, y por ello es toda una autoridad para hablar y describir cómo es una buena interpretación de este baile que cautiva a los colombianos.

En la vida de Carlos Julio Ramírez siempre ha estado presente el destino artístico, no solo por su nombre -homónimo del intérprete lírico colombiano de los años 40- sino porque la danza ha sido para él, no solo un modo de expresión sino su compañera, a través de la cual y tras un sinuoso camino que él ha llamado “casualidad” llegó a su verdadero destino: el tango.

 

Ingrid C. Forero Cardozo

Reportería: Lorena Ladino