La dulce travesía

Lorenaylonen. Publicado el 23 de Mayo de 2013

La dulce travesía

Por Camila Peña Pedroza Foto Kiko Kairuz. Publicado en CocinaSemana.com  Durante cientos de años, las mujeres de San Basilio de Palenque se han dedicado a la comercialización de productos típicos...

Por Camila Peña Pedroza Foto Kiko Kairuz. Publicado en CocinaSemana.com
 
Durante cientos de años, las mujeres de San Basilio de Palenque se han dedicado a la comercialización de productos típicos de su región. En el mes de la madre le rendimos un homenaje a su dedicación, entrega y ¡sabor!

Es viernes y empieza a caer el sol. Poco a poco los niños salen a jugar en las calles del pueblo, los hombres regresan a casa después de cumplir con sus labores agrícolas y las mamás se disponen a preparar los dulces que saldrán a vender en pueblos, ciudades y, en caso de tener mayor suerte, otros países.
 
Minutos después, las cocinas y los patios de las casas –construidas en bareque– se empiezan a impregnar con deliciosos aromas. Entre bolitas de maní, coca-das de coco con guayaba, ajonjolí y leche, caballitos, enyucaos y bolas de tamarindo, las palenqueras entonan cantos provenientes de sus raíces africanas y le agradecen a Dios por el día que está por terminar y piden por la aventura que están próximas a iniciar.
 
La noche empieza a abrazar los hogares de San Basilio, de donde es oriundo el recordado boxeador Pambelé, y unas pocas corrientes de aire se apoderan de sus calles.
 
Entonces, las palanganas –recipientes utilizados para transportar alimentos– se empiezan a llenar de cientos de dulces y de exóticas flores que sirven de decoración.
 
A las cuatro de la mañana del día siguiente, las palenqueras se despiertan, bendicen a sus hijos, abrazan a sus esposos y se despiden de sus madres y amigas. El día ha llegado, la maleta está lista y la producción empacada.
 
Ellas están a punto de emprender un viaje que puede ser de días, meses o, incluso, años. “Dejar a nuestros hijos a cargo de personas que no son familiares es muy duro, pero debemos hacerlo.
 
Todo nuestro sacrificio es por ellos, para darles educación y amor”, cuenta Basilia Pérez, una mamá palenquera que, además, hace parte de la Asociación de Mujeres Raíces de Benkos, la cual trabaja en beneficio de las familias del pueblo.
 
¡Caminando por un sueño!
Es hora de trabajar y seguir el camino que, por muchos años, ha simbolizado la lucha que emprendieron los negros cimarrones para conseguir su anhelada libertad. Por eso, Cartagena, Barranquilla, Santa Marta, Bucaramanga, Bogotá, Yopal, Pasto, Leticia y hasta Quito, Caracas, Lima y Buenos Aires son algunos de los destinos que las han visto llegar.
 
Imponentes al caminar, con su hermosa tez morena y sus coloridos vestidos, las palenqueras mueven las caderas, sonríen y balancean en sus cabezas las palanganas llenas de dulces y también frutas frescas –níspero, tamarindo, mango, sandía, papaya y coco–, cuya oferta van renovando en el camino, a medida que se agotan.
 
En medio de gritos y cantos, se dedican a la venta ambulante, mientras retratan una tradición milenaria que llegó desde África Occidental, y que les permite llamar la atención de los turistas. “Llegó la alegría, la cocada, la ‘felicidá’... venga, cómpreme, cómpreme a mí” son algunas de las frases que retumban en el centro o en los lugares históricos de pueblos y ciudades.
 
Dependiendo de la producción con la que hayan llegado al destino, estas viajeras se dan a la tarea de reunir dinero, poco a poco, para enviarlo a sus familiares. “Nosotras somos las que sostenemos nuestros hogares y mientras tanto, nuestros esposos se hacen cargo del cuidado de los niños, de llevarlos a la escuela, de estar pendientes de las abuelas y de cocinar para todos. Ellos hacen de mamás”, dice, entre risas, Basilia.
 
Sus jornadas son de aproximadamente 12 horas de trabajo y en las noches, cuando deberían descansar, se refugian en una cocina para seguir preparando dulces y sorprender, día a día, a sus compradores.
 
Así, entre sacrificios y alegrías, las mujeres de Palenque se convirtieron en las primeras colombianas que se atrevieron a trabajar fuera de su pueblo por largas temporadas y que, 100 años después, lo siguen haciendo.