Las discursividades del arte: un lugar para el dislocamiento de los dispositivos escolare - 3a parte

claudiamallarino. Publicado el 05 de Mayo de 2017

Las discursividades del arte: un lugar para el dislocamiento de los dispositivos escolare - 3a parte

Racionalidades analógicas propias de los lenguajes artísticos parecen emerger como condición de posibilidad de una corporalidad genuina y completa.

CAMPOS DE FUERZA: PRÁCTICAS DE SUJECIÓN Y DE RESISTENCIA

 

Los gestos, los estereotipos, los cánones estéticos, los emblemas, las cartografías cinésicas que codifican las formas de los dedos, del rostro y el tipo de arrugas; la proxemia que codifica el espacio en términos de distancias y ángulos de acercamiento al otro para inferir topografías de la conciencia o de las intenciones; las prácticas de autocontrol y estandarización anatómica; en fin, son somatotipos estratégicos que funcionan hoy como racionalidades al servicio de dispositivos analíticos de la corporalidad.

 

“Existe la sonrisa desincronizada del delirante, la mirada huidiza del autista, o la mirada perdida del estupor. El cuerpo no puede ser una página en blanco, un pretexto” (Descamps, 1992, p.10). La economía capitalista es responsable de una amplia  variedad de dispositivos para modelar cuerpos y subjetividades. La alianza estratégica de la ciencia y el mercado es actualmente, artífice de la fusión hombre/tecnología que Paula Sibilia (2010) ha denominado la hibridación orgánico-tecnológica, como propuesta de planificación de la especie humana en el contexto de racionalidades como la posnaturaleza de los organismos genéticamente modificados.

 

Se acude a una nueva narrativa cosmológica: Sin duda, lo que entendemos por naturaleza no es algo fijo o inmutable. Se trata también de un concepto que no deja de ser una invención de la humanidad, una idea que varía en las diversas sociedades según los tipos de saberes generados por cada época. (Sibilia, 2010, p. 105). Resultado de esta fusión son también saberes del cuerpo que se encarnan en mentes de orden superior. Una mente así, superpenetrante, capaz de percibir rápidamente cualquier relación causal, podría indicarnos, a partir de la estructura de bandas de cromosomas, si un huevo se tornaría bajo condiciones adecuadas, en un gallo negro o una gallina pintada, una mosca o una planta de maíz, un rododendro, un escarabajo, un ratón o una mujer. (Schrodinger, 1985, p. 68).

 

¿Se estará dando, en un futuro no ya muy lejano, el alumbramiento de prácticas de resistencia a la intrincada red de controles, que instauraron las biopolíticas para multiplicar el rendimiento humano y llevar el cuerpo a sus bordes? O, por el contrario, estamos asistiendo a la refundación de dispositivos de encerramiento bioinformático, en donde el cuerpo llegado el momento en que su voluntad dependa de programas de silicona y no de la posibilidad encarnada de la ilusión y el deseo, le ¿habrá vendido su alma al diablo? La residencia de lo humano podría estar localizada en estas racionalidades de lo transhumano y en el engranaje de técnicas de intervención del cuerpo; aunque sabemos que, en el terreno de las emociones, pasiones, sentimientos y sensaciones, la tecnociencia solo ha tenido fracasos.

 

Hay otras discursividades corporales que han existido siempre, y que gracias a haberse dado en otras épocas, en el contexto de racionalidades que no las satanizaban, fueron respetadas, pues obedecían a dispositivos de la normalidad: las cosas eran así, o se había determinado que así fueran. Estas son las prácticas que se han estado discutiendo y difundiendo en el Ciclo Rosa, un dispositivo de confluencia de academia, arte y activismo fundado en 2001 por la Pontificia Universidad Javeriana, para “promover el reconocimiento de derechos de sectores sociales que han sido marginados o excluidos de la condición de ciudadanía plena” (Serrano, 2006, p. 10), y al que asisten jóvenes en edad escolar.

 

Uno de sus propósitos es develar y comprender prácticas de la transexualidad, la homosexualidad y el transgenerismo. La dimensión de género y sexualidad de la violencia atraviesa hechos tan contundentes como el que los cuerpos de hombres jóvenes sean la carne de cañón de las guerras y de los efectos de formas de masculinidad hegemónica que privilegian el riesgo sobre el propio bienestar, así como el que los cuerpos de las mujeres sean tanto campos de batalla de las relaciones de género como el botín que se reparten los actores de los conflictos armados, pero no solo hay diferencias entre la violencia que afecta a hombres y mujeres: también existe la que afecta a unas mujeres y no a otras, a unos hombres y no a otros. Así sucede con las discriminaciones, exclusiones y negaciones con que se enfrentan a diario y a lo largo de su vida, muchas personas que viven otras sexualidades y otros géneros. (Serrano, 2006, p. 11).

 

Estos saberes emergen en el cuerpo normalmente a temprana edad y se convierten en la mayoría de los casos, en lastres que ponen de presente la intolerancia y el poder para silenciar saberes válidos, desplegados por diferentes colectivos humanos como la escuela, la familia, y la sociedad, en virtud de su ignorancia y de su miedo. Cuerpos encerrados, atrapados en su propia naturaleza, sometidos y empujados a prácticas de resistencia azarosas, oscuras, escondidas en el confinamiento de la sujeción, a manos de una sociedad que no hace nada más allá de invisibilizar, porque no sabe o no quiere saber sobre esto. Lo dramático es que sí sabemos que hay un cuerpo que encarna “un fuerte anhelo de transformación de sus genitales mediante una cirugía llamada: reasignación sexual […] o que sienten un deseo profundo de ser mujer” (Talero, 2006, p. 42) o, que simplemente encuentra en un cuerpo de su mismo género el objeto de su erotismo y no puede albergar casi ninguna esperanza, de ser corporalmente genuino. “Yo no me sentía marica, esto que me invadía era distinto […] no se trataba de mi orientación sexual, esto que sentía, tenía sus raíces en mi esencia” (Talero, 2006, p. 37).

 

Así se expresa un joven adolescente que dice haber empezado a vestirse con las ropas de su hermana cuando apenas contaba con 7 años. Estamos hablando de un niño de quinto de primaria que empieza a saber de su cuerpo en un entorno en donde ese saber no es admitido, y en donde las discursividades a las que tiene acceso no le dan información sobre lo que siente. Un niño a quien el régimen de verdad sobre su cuerpo lo tilda de degenerado.  El mundo es un laberinto de contingencias corporales. Los dispositivos y las racionalidades de la modernidad han determinado sus perfiles. La razón, la voluntad de saber, la verdad, el mercado, el lucro, la estética, el tener, han sido racionalidades que en ocasiones, parecen habernos desviado de la intención de querer hacernos cada vez más humanos.

 

¿En qué consiste estar sujeto o resistirse, cuando la condición propia de lo humano es estar en relación con otros, con algo y con alguien y en algún lugar, estar sujeto a un nombre, a los ciclos vitales, a la sensación de hambre, a mirar, a oler, a oír, a habitarse? Estar sujeto es conestar, adherir, actuar; en consecuencia, elegir, optar. Percibir es un imperativo de la condición corporal, basta con estar vivos para ser en razón de algo. Ocupamos un espacio, somos sentidos por otros, nuestra condición pertenece a las carnalidades plurales. No se puede ser rueda suelta ni siquiera aislándose, soltándose del eslabón, estando completamente solos o para nadie. A pesar de todo siempre vamos a estar ahí, en últimas, para nosotros mismos. A pesar de las matrix10 y las cavernas11 o tal vez porque existen, hay posibilidades de resistencia. Esta última es una condición de la sujeción, y si no, ¿a qué se resiste?

 

La sujeción es una condición de la resistencia, y si no, ¿a qué se resiste? Se está sujeto al miedo y a la ignorancia y por eso mismo se tiene la potencia de resistirse a ellos. La posibilidad de estar en un lado o en el otro, de hecho la realidad es que estamos en ambos lados –el asunto es saberlo–, la otorga el poder de saber. El saber empodera y la ignorancia y el miedo someten. Tanto poder saber como ignorar se hacen en el cuerpo, con el cuerpo y mediante el cuerpo. Si la razón ha sido como sabemos hechura de la lógica, ¿qué pasa si nos atrevemos a proponer algo así como dispositivos analógicos12 al mando de racionalidades que se mueven en ámbitos de la razón no convencional y al margen de lo previsto?

 

En la vía de Merleau-Ponty, Jean François Lyotard, siguiendo la tradición fenomenológica, rompe con el carácter representativo de la pintura y aborda el cuerpo desde el ámbito del deseo –en una perspectiva claramente freudiana– acuñando una categoría de la que más tarde se va a servir Deleuze, para elaborar su propuesta del cuerpo sin órganos: lo figural. Lo figural en tensión con lo figurativo, es la expresión “de fuerzas en conflicto que operan sobre el cuerpo” (Brigante, 2005, p. 79). La síntesis fenomenológica de Lyotard es superada por Deleuze, cuando, a la luz de la pintura de Bacon, se da cuenta de que lo que se sugiere es más bien una única sensación que atraviesa al cuerpo y lo transforma en un cuerpo intensivo múltiple, en donde se verifica una explosión del sentir que se expresa en diferentes niveles, una encarnación irradiada sin un centro definido.

 

Las fuerzas del color, de la textura, de las sombras y las claridades van configurando un lienzo que no traduce ya la figura, sino un campo de tensión sensorial que gravita de manera desorgánica, en el sentido de la no confluencia en el orden y más bien de la exacerbación de la carne que es puro movimiento. “No hay solamente un cuerpo representado sino la posibilidad de ver a través del color, las fuerzas que lo permean” (Brigante, 2005, p. 180).

 

El cuerpo sin órganos (CsO) atribuido a Gilles Deleuze deviene paisaje-cuerpo. Este milagro es posible gracias al color y no al trazo, no estamos al acecho de la forma sino de la sensación, no se pretende la unidad corporal y la tranquilidad de lo estable, la pretensión está situada más bien en el dislocamiento de lo convencional, las seguridades que provienen de los cuerpos dóciles y prefigurados se revientan, desbordan los marcos de lo prescriptivo y de lo descriptivo, y la fijación de la figura entra en el decurso de lo des-figurado. El color deviene racionalidad para el dispositivo analógico de lo figural. Esta imagen puede llegar a ser aterradora o inspiradora de nuevas racionalidades, para los regímenes de saber que tienen el poder de propiciar en niños y adolescentes –aquellos que adolecen, que van camino de poseer–, la apertura del acontecimiento y la posibilidad de experimentar-se cuerpo completo. Ese concepto de lo figural deriva en un procedimiento que Deleuze ha descrito como el diagrama (Sánchez 2005, p.233).

 

Este es un proceso pictórico que debe sustraerse de los clichés que existen en la manera misma como el artista asume el lienzo. El trabajo del pintor no empieza con el lienzo vacío sino que está antecedido por el esfuerzo para distanciarse con respecto a la docilización que hacen de las figuras y de la percepción las prácticas hegemónicas. […] el diagrama, en consecuencia, es la expresión de la ruptura que hace el pintor, gracias a trazos significantes, con las figuras y percepciones a las que estamos familiarizados para introducir un mundo nuevo que posibilita la aparición de lo figural. (Sánchez, 2005, p. 233). Los dispositivos analógicos que se han descrito están constituidos y son posibles gracias a racionalidades paralelas, en donde los regímenes de poder están delimitados desde instancias que ya no se expresan solamente como saberes del cuerpo o saberes sobre el cuerpo, sino como: saberes del cuerpo sobre el cuerpo. Cuerpos que dibujan cuerpos.

 

A propósito, el siguiente comentario del pintor Luis Caballero: Dibujar es analizar. Es escoger […] para recrear la emoción que se siente […] no es reproducir la realidad sino tratar de apropiarnos la emoción fugaz y siempre distinta que produce en nosotros esa realidad. Degas lo sabía muy bien cuando decía que el dibujo no es la forma sino la manera de ver la forma. (Sánchez, 2005, p. 218). “Hay pintores que pintan su vida en los cuadros y otros que pintan manzanas, por ejemplo, y no están poniendo nada de su vida en las manzanas. El tema es lo de menos, lo importante es crear tensión” (Sánchez, 2005, p. 231). 

 

Esa tensión está a la mano cuando se permite la emergencia de otras racionalidades, de otros lenguajes expresivos, de la palabra que no solo pasa por la oquedad de los labios sino por el vértigo de la velocidad y de la pirueta, de la polifonía, del intérprete de otras corporalidades, rasgos propios de saberes como los del arte. ¿Es la escuela un lugar y un motivo para la realización de la vida? ¿Cuáles son los saberes que le dan vida al cuerpo y cómo se juega el poder de saber que los hace posibles? Saber es rasgo de humanidad en escenarios distantes de aquellos en donde la predeterminación de pautas formatea y deforma, dejando de lado la voluntad y la ilusión que se diluyen con el cuerpo.

 

La guerra se presenta como la experiencia pura del ser puro, en el momento mismo de su fulgor en el que se queman los decorados de la ilusión. […] La prueba de fuerza es la prueba de lo real. Sin embargo, la violencia no consiste tanto en herir y aniquilar como en interrumpir la continuidad de las personas, en hacerlas desempeñar papeles en los que ya no se encuentran, en hacerles traicionar, no solo compromisos, sino su propia sustancia. (Levinas, 1997, pp. 48 y 49). 

 

POSTSCRIPTUM

 

Desde que tengo memoria estoy en la escuela. Cuando era muy niña acompañaba a mis tías que eran maestras, y jugaba a la escuela en el garaje de mi casa; mi madre me lo permitía. Luego fui a la escuela como todos los niños hasta que me gradué de bachiller. Más tarde fui maestra de escuela yo misma durante más de veinte años y ahora soy asesora en procesos de acreditación y de renovación curricular. La escuela siempre ha sido un lugar que me sitúa en mis bordes. La educación es una de mis razones vitales, y es tan enigmática que logra mantener mi interés por descifrarla, pero la escuela de hoy, desborda cualquier expectativa. El reto de hacer de la escuela un motivo para sentirse vivos, en donde haya cabida para dispositivos analógicos y racionalidades paralelas, está entre otras cosas, en hacer de ella, el lugar para una corporalidad completa. Para que esto suceda, hay que darle la palabra al cuerpo y hay que darle cuerpo a la palabra.

 

Vea también 1a y 2a partes

 

REFERENCIAS

 

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Vea 1a y 2a partes

 

Otros textos: http://cmallarino.wixsite.com/cuerposelocuentes

 

 

Para citar este texto:

 

Mallarino Flórez, Claudia. (2012). Las discursividades del arte: un lugar para el dislocamiento de los dispositivos escolares. Revista Colombiana de Educación, (63), 187-212. Recuperado en 05 de mayo de 2017, de http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0120-3916201....

Autor

Claudia Mallarino Flórez

Perfil:

Claudia Mallarino Flórez es Doctora en Educación , del Doctorado Interinstitucional en Educación – UPN/UNIVALLE/UNI DISTRITAL, Licenciada en Educación Física, Especialista en Didáctica y Pedagogía de la Educación Física y Magíster en Docencia Universitaria,  de la Universidad Pedagógica Nacional, con estudios pre-doctorales en Metódica y Episteme: Indagación Crítica y Creación con el Instituto IPECAL de México. Es diplomada en Desarrollo del Potencial de Aprendizaje y del Pensamiento Divergente por el Proyecto CISNE de Investigación lo que acredita su formación en procesos de mediación fundamentados en Modificabilidad Estructural Cognitiva.  


Área de desempeño: Investigador